capítulo 2
El aire frío de la noche me golpeó la cara en cuanto crucé la puerta de salida del salón. El bullicio de la fiesta empezó a apagarse a mis espaldas, convertido en un eco sordo, pero los latidos de mi corazón seguían yendo a mil por hora. Caminé hacia el auto en piloto automático, repitiéndome que había hecho lo correcto. Había protegido mi presente.
Subí, cerré la puerta y apoyé la frente contra el volante, obligándome a respirar. Fue en ese instante, al mover el brazo, cuando sentí el roce áspero dentro del bolsillo de mi abrigo.
No estaba ahí antes.
Con los dedos temblorosos, saqué un trozo de papel toscamente doblado en cuatro. Lo abrí bajo la luz tenue del tablero del auto. Mi mundo, ese que creía tan bien construido, se tambaleó al reconocer la caligrafía apurada, inclinada hacia la derecha, idéntica a la de las cartas de cuando teníamos diez años.
La nota solo tenía dos líneas, escritas con un bolígrafo negro casi sin tinta:
"Sé que me viste. No dejes que pasen otros veinte años. Te espero mañana a las cinco en el viejo patio del jabón limpio".
Miré por el espejo retrovisor hacia la entrada del salón. La silueta de la fiesta seguía ahí, pero él ya no estaba adentro. Sabía que si encendía el motor y volvía a mi casa, a mi rutina, a la vida que elegí, estaría sellando mi destino para siempre. Pero mi mano, en lugar de poner la llave en el contacto, se apretó contra el papel, guardando el secreto más peligroso de mi madurez.
All Rights Reserved