Lilith tiene dieciocho años, cabello negro hasta la espalda, ojos azules y una rebeldía que todavía cree que le pertenece.
Vlad Anubis tiene veintitrés, casi dos metros de altura, dinero suficiente para comprar silencios y un círculo privado donde la sangre, el sexo y la humillación son ritual.
La vio una noche en una fiesta. No se acercó. Solo la eligió.
Durante meses la siguió.
Regalos anónimos cada vez más personales. Fotos que no debería tener. Interferencias en su vida que la dejaban más sola, más paranoica, más consciente de que alguien la observaba incluso cuando dormía. El miedo se volvió costumbre. La rabia, un lujo que cada día costaba más mantener.
Cuando finalmente decidió tomarla, no fue limpio. Fue lento, humillante y diseñado para romperla antes siquiera de llegar al lugar donde la iba a guardar.
Lilith no es como las otras.
Las otras son ofrendas desechables: las violan, las cortan, las usan y las descartan dentro de rituales sangrientos que Vlad dirige con calma quirúrgica.
Ella es distinta. Ella es la que se queda. La que debe mirar. La que a veces debe sostener, limpiar o decidir pequeños detalles mientras otra persona grita. La que recibe un trato posesivo, sádico e íntimo que, comparada con lo que presencia, casi parece un privilegio... y esa comparación es precisamente el veneno.
Él no necesita alzar la voz.
Habla bajo. Ordena. Cuida las heridas que él mismo provoca. Le recuerda, una y otra vez, que fue elegida. Que el asco que siente es temporal. Que algún día dejará de pelear.
Y el problema más oscuro de todos no es lo que Vlad le hace.
Es el momento en que Lilith, rebelde y sexualmente inexperta, empieza a notar que el asco ya no llega con la misma fuerza. Que el silencio cuando él no está se vuelve más insoportable que cualquier ritual. Que una parte de ella -la que más detesta- ya no quiere que la devuelvan a su vida anterior.
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