En la Fórmula 1, cada milésima de segundo puede decidir quién sube al podio y quién queda reducido a un recuerdo.
Monkey D. Luffy lo sabe mejor que nadie.
A sus veintitantos años, Luffy acaba de conseguir lo que ningún omega había conseguido en años: un asiento en la categoría más prestigiosa del automovilismo. Para algunos, su llegada representa una nueva era. Para otros, es una provocación.
Los titulares cuestionan su capacidad. Los aficionados dudan de él. Algunos pilotos creen que un omega no debería estar detrás de un volante.
Luffy, sin embargo, no guarda rencor.
Sigue sonriendo.
Sigue saludando a los aficionados.
Sigue agradeciendo a su equipo.
Y sigue conduciendo como si hubiera nacido para hacerlo.
Al volante del Merry, Luffy no tarda en convertirse en una de las mayores revelaciones de la temporada. Pero también llama la atención de la persona equivocada: Portgas D. Ace.
Alfa. Campeón. Arrogante.
Ace está acostumbrado a ganar, a ser el centro de atención y a que los demás pilotos sepan exactamente cuándo apartarse de su camino. Entonces aparece Luffy: un omega sonriente que lo adelanta en pista, lo felicita después de una derrota y parece incapaz de comprender por qué Ace no quiere ser su amigo.
Para Luffy, Ace es su rival.
Para Ace, Luffy es una molestia.
Una particularmente talentosa, insoportablemente alegre y cada vez más difícil de ignorar.
Entre adelantamientos al límite, estrategias de carrera, accidentes y una rivalidad que comienza a trascender las pistas, ambos se convierten en protagonistas de una de las batallas más intensas de la temporada.
Pero mientras el mundo observa quién llegará primero a la bandera a cuadros, nadie parece preguntarse qué ocurre cuando dos pilotos acostumbrados a no ceder jamás se encuentran frente a algo contra lo que no existe ninguna estrategia.
Porque en la Fórmula 1, como en el amor, a veces el mayor peligro no está en acelerar.
Está en no saber cuándo frenar.
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