Jimin lo tiene todo planeado: cada gira, cada entrevista, cada segundo de su carrera calculado al milímetro. Moisés no planea nada, vive del instinto y del escenario, y aun así, desde aquella copa de vino derramada en Las Vegas, se convirtió en lo único que Jimin no puede controlar.
Un romanse que crece a escondidas, entre vuelos que se cruzan por casualidad y mensajes a deshoras cuando el huso horario no coincide. Sus disqueras jamás permitirían que el mundo lo supiera, así que aprenden a quererse en clave, en miradas que nadie más entiende y en huecos de agenda que se sienten como regalos.
Pero querer a alguien a la distancia tambien significa pelear por un "me gusta" en la publicación, una risa con la persona incorrecta, un comentario de algún medio que ninguno de los dos pidió leer y de pronto están peleando otra vez, aunque siempre, tarde o temprano, uno de los dos vuelve a tocar la puerta del otro para arreglarlo.
Estar juntos es difícil. Estar separados, mucho peor.
Y mientras Jimin aprende a vivir entre esos extremos, los chicos de BTS observan en silencio cómo su amigo cambia de humor por una relación que le hace tanto daño, empiezan a odiar a Moisés y en esa versión de Jimin que solo aparece cuando las cosas con él van mal.
Y en algún punto, entre tantos secretos, alguien más empieza a formar parte de la historia sin que ninguno de los dos lo vea venir.
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