Hay personas que llegan a tu vida y se quedan para siempre, incluso antes de que entiendas por qué. Walker y yo crecimos juntos. Literalmente. Nuestros cumpleaños siempre fueron compartidos, nuestras mochilas terminaban mezcladas, y nuestras madres se turnaban para llevarnos a la escuela. Aprendimos a andar en bicicleta en la misma calle y a escondernos del mundo en el mismo árbol del parque de la esquina. Siempre fue Walker y yo. Cuando él empezó a actuar, yo estuve ahí. Cuando yo tuve mi primer fracaso, él fue el primero en aparecer con helado y comentarios sarcásticos para hacerme reír. Nunca hubo silencios incómodos entre nosotros. Nunca hubo distancia. O eso creía. Porque nadie te prepara para el momento en que mirás a tu mejor amigo y algo cambia. Para cuando su sonrisa te desarma distinto. Para cuando sus abrazos duran un segundo más de lo necesario. Para cuando te das cuenta de que no sabés en qué punto exacto dejó de ser solo tu lugar seguro... y empezó a ser algo más. Walker siempre fue malo ocultando lo que sentía. Yo siempre fui buena fingiendo que no lo notaba. Y así empezó todo.
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