En Sterling Point, Rhaegan lleva años construyendo una vida que parece sencilla: trabajar en la granja de caballos que heredó de su padre, cuidar de su hermano y mantenerse cerca de las pocas personas en las que realmente confía. A sus veintiún años, conoce perfectamente las reglas que se o le ha(n) impuesto para seguir adelante: no depender de nadie, no mirar demasiado atrás y, sobre todo, no dejar que nadie llegue demasiado cerca.
Pero el regreso de Ramona a Sterling Point vuelve a reunir al grupo de amigos que creció junto a ella y a su hermano Eder. Entre tardes en los acantilados, caballos, bromas, viejas amistades y un par de cervezas de más, Rhaegan vuelve a encontrarse constantemente con Oona, su amiga de toda la vida.
Lo que siempre había sido una cercanía natural empieza a adquirir una dimensión que ninguna de las dos sabe cómo afrontar. Oona se acerca sin miedo; Rhaegan retrocede sin saber exactamente por qué. Entre miradas que duran demasiado, gestos que dicen más de lo que deberían y una amistad que empieza a tambalearse bajo sentimientos que ninguna quiere reconocer, ambas tendrán que enfrentarse a algo que no estaba en sus planes.
Pero Rhaegan no es la única que carga con sus propios fantasmas.
Así, mientras Rhaegan hará todo lo posible por convencerse de que no siente nada, Oona tendrá que aprender que querer a alguien no significa tener que perderlo. Porque detrás de sus diferencias hay dos personas que, por motivos distintos, tienen miedo de lo mismo: querer.
Y mientras el verano vuelve a reunir a todos en Sterling Point y las viejas heridas amenazan con salir a la superficie, Rhaegan y Oona tendrán que descubrir si son capaces de enfrentarse a sus propios miedos antes de que estos terminen decidiendo por ellas.
Porque a veces amar a alguien no consiste en dejar de tener miedo. Consiste en decidir que, aun teniéndolo, merece la pena quedarse.
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