La lluvia caía sobre Seúl con una intensidad casi melancólica, como si intentara borrar los recuerdos que el tiempo nunca había conseguido llevarse.
Jungwon avanzaba lentamente por la vereda, empujando el cochecito de su hija. Dentro, Sooha dormía plácidamente, abrazada a un pequeño conejo de peluche.
Tenía dos años.
Dos años de sonrisas.
Dos años de noches en vela.
Dos años aprendiendo a vivir sin Jay.
Hasta que ocurrió.
Jungwon levantó la mirada y, durante un instante, sintió como el mundo se derrumbaba.
Al otro lado de la calle estaba Jay.
Había cambiado.
Parecía más alto, más serio, más distante. Como si aquellos dos años hubieran dejado una huella que Jungwon no podía reconocer.
Y no estaba solo.
Una chica caminaba a su lado, sujetándolo del brazo mientras reía por algo que él acababa de decir.
El pecho de Jungwon se contrajo.
De pronto, respirar se volvió difícil.
Entonces Jay levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron con los de Jungwon.
Primero hubo sorpresa.
Después, confusión.
Hasta que su mirada descendió lentamente hacia el cochecito.
Y finalmente se detuvo en la niña.
Sooha abrió los ojos justo en ese momento.
Jay se quedó inmóvil.
Había algo en ella que le resultaba familiar.
Sus ojos.
Eran exactamente iguales a los suyos.
El silencio que se instaló entre ambos fue insoportable.
-¿Jungwon...? -susurró Jay.
Jungwon quiso responder.
Quiso decir 'hola'
Quiso decir 'ella es tu hija'
Quiso decir 'todavía te amo'
Quiso decir tantas cosas que, por un instante, sintió que todas las palabras se amontonaban en su garganta.
Pero no dijo ninguna.
Simplemente bajó la mirada, apretó las manos alrededor del manillar del cochecito y continuó caminando bajo la lluvia.
Sin mirar atrás.
Porque algunas despedidas ocurren mucho antes de que alguien tenga el valor de decir adiós.
Y aquella historia había comenzado dos años atrás.
Con dos mejores amigos que jamás se dieron cuenta del mome
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