La vida es jodida. Muy jodida.
Y lo es todavía más cuando tienes que aprender de tus propios errores, porque, seamos sinceros, a ningún ser humano le gusta que le digan la verdad en la cara.
Para mí, sin embargo, la verdad tiene nombre, apellido y demasiadas ganas de arruinarme la vida.
Jack Zapata.
Sí. Jack. Como el Pirata del Caribe. No, no es pirata. Aunque con ese nombre y la cantidad de problemas que me ha causado, podría serlo perfectamente.
Jack ha sido mi competencia desde que tengo memoria. El tipo al que siempre tuve que superar, el que siempre parecía estar un paso delante de mí y, por alguna razón, la persona que más disfrutaba recordándome cada uno de mis errores.
Así que, cuando ambos decidimos estudiar Derecho en la misma universidad -la mejor, por supuesto-, debí entender que el universo tenía algo personal contra mí.
Los dos somos hijos de abogados prestigiosos. Los dos crecimos rodeados de casos, tribunales y expectativas imposibles. Y los dos estamos demasiado acostumbrados a competir como para aceptar que, quizás, hay batallas que no se ganan.
Hasta ahí podría parecer el típico cliché universitario.
El chico insoportable.
La rivalidad de toda la vida.
Dos familias de abogados.
Una carrera que exige perfección.
Y dos personas que preferirían morir antes que admitir que se necesitan.
Pero hay algo que ninguno de los dos aprendió a controlar.
Nuestra propia cabeza.
Porque la salud mental siempre se esconde. A veces detrás de una sonrisa, de una buena nota, de una familia perfecta o de alguien que parece tener su vida completamente resuelta.
Y cuando el monstruo finalmente sale, no importa cuántas veces hayas ganado.
Porque hay batallas en las que tu peor enemigo no está frente a ti.
Está dentro de ti.
Y quizás, para sobrevivir a la nuestra, Jack y yo tengamos que dejar de competir el uno contra el otro y aprender, por una vez, a soportarnos.
Aunque, al final, soportarnos termine costándonos la vida.
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