Cambridge, diciembre de 1664.
Mientras la Gran Peste vacía Londres calle por calle, un cometa antinatural cruza el cielo. No sigue una órbita. No tiene cola.
Tiene forma de espiral. Y nos está mirando.
Isaac Newton tiene 21 años y ha construido algo imposible en la cúpula de Trinity College. Lo llama el Oculus.
Su base es un trípode de hierro forjado anclado a la piedra con pernos que han derretido la roca. De ella se eleva una columna de latón bruñido compuesta por una docena de anillos concéntricos, uno dentro de otro, grabados con una escritura que no es griega ni latina. La escritura quebrada y circular de K'tari.
Los anillos giran solos. En sentidos opuestos. A velocidades distintas. Sin manivela. Producen un zumbido grave que hace vibrar los dientes.
En el centro, suspendida sin apoyo, flota una esfera de cristal negro del tamaño de un cráneo humano, veteada por dentro con filamentos verdes que pulsan al mismo ritmo que los ojos de Newton.
De la esfera parten cientos de hilos de vidrio y cobre que se conectan a espejos cóncavos dispuestos en espiral alrededor de la cúpula. Los espejos no reflejan la sala. Reflejan Londres. Reflejan los campos. Reflejan el patio lleno de Atentos, arrodillados, con la cabeza hacia atrás, contemplando el cielo.
Theophilus Pennington, su amanuense, cruza Deptford bajo una niebla cobriza que traga la luz de su farol y comprende el error: No era un cuerpo que se movía en espiral. Era un ojo que se abría.
Y por primera vez en 1664, Newton se dio cuenta de que la gravedad no era lo que caía. Era lo que nos observaba desde arriba.
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Relato I de Las Crónicas Diodati.
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