Las luces del centro comercial "The Promenade" centelleaban sobre el mármol pulido con una opulencia calculada, reflejando el destello sordo de las boutiques de alta costura. Caminando por el pasillo central, Shoto avanzaba con el porte ensayado de quien sabe que cada mirada del recinto le pertenece. Ajustaba el doblez de su abrigo ajustado mientras su teléfono emitía un flujo ininterrumpido de notificaciones: comentarios de apoyo para la candidatura al "Rey de la Primavera", me gustas instantáneos y mensajes de un séquito que medía el afecto en interacciones digitales. En su mente, cada paso formaba parte del recorrido trazado desde la infancia, la reconstrucción exacta del camino que su madre había recorrido años atrás antes de que su ausencia dejara una vacante imposible de llenar.
Un ajuste descuidado del abrigo, un choque involuntario contra un transeúnte apresurado y el peso del cuero genuino desapareció de su hombro. El bolso de diseñador -un ejemplar único, bañado en herrajes dorados- voló en un arco limpio sobre la barandilla metálica hasta impactar con un estruendo sordo en el centro de la fuente ornamental del nivel inferior.
En el borde del estanque, sumergido entre lentes de cámara, cuadernos de notas deshojados y cintas de formato antiguo, Sero ajustaba el foco de su lente. Traía la mirada atenta de quien observa el mundo a través de un visor, analizando la arquitectura humana desde una distancia segura. El impacto del bolso contra el agua estropeó la simetría del reflejo que intentaba encuadrar, levantando una ola que empapó sus esquemas de guion.
Mientras los murmullos de la multitud comenzaban a agolparse en las barandillas superiores y Shoto contenía el aliento ante la pérdida de su pertenencia más preciada, Sero no dudó. Dejó su equipo en un banco seco y se lanzó directamente al agua helada de la fuente. El agua caló su ropa gastada mientras avanzaba hasta el centro del estanque para rescatar el accesorio antes de
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