El ambiente en los pasillos de Karasuno cambió el día que Rin Itoshi cruzó la puerta principal. Traía consigo el aire distante del extranjero, un uniforme impecablemente ajustado y esa fama pesada que atrae miradas como un imán. Para la mayoría de los estudiantes, Rin no era solo el nuevo chico de intercambio; era un trofeo, un rostro llamativo con el cual fotografiarse para ganar estatus en las redes sociales.
Tras la histórica victoria contra el Shiratorizawa, el club de voleibol se había convertido en el centro del espectáculo escolar. De la noche a la mañana, el gimnasio se llenó de chicas murmullantes y curiosos que jamás se habían interesado por un remate o una recepción, personas que solo buscaban alimentarse del brillo ajeno de la victoria. Rin, curtido en un entorno donde la atención solía ser superficial y calculada, leía la escena con absoluto desprecio. Conocía de memoria esa dinámica: a la gente no le importaba el sudor en la cancha ni el esfuerzo diario, solo querían estar cerca de los que ahora eran famosos.
Mientras las chicas se amontonaban alrededor de la puerta para llamar su atención, Rin mantenía una distancia fría y calculadora. Sin embargo, entre el ruido de las risas falsas y el acoso de la popularidad recién descubierta, unos ojos dentro del gimnasio permanecían completamente ajenos al circo exterior, enfocado únicamente en el sonido de la pelota contra la duela. Fue esa autenticidad sin filtros lo que terminó por romper el escudo de Rin.
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