Dicen que hay amores que salvan y amores que condenan. Él fue mi condena.
Me dijeron que me alejara de él. Que era peligro. Que no era para mí. Con esa sonrisa torcida y esa forma de mirarme como si ya fuera suya, todo en él gritaba que corriera. Lo intenté.
Nos odiamos desde el primer segundo. Palabras que quemaban, miradas que mataban. Enemigos. Al menos eso nos decíamos, porque era más fácil llamarlo odio que admitir que nos moríamos por tocarnos.
Y pasó. Un beso que no debía pasar. Un error que sabía a culpa y a necesidad al mismo tiempo. Sabía que estaba mal, que me iba a arrepentir, y aun así lo dejé. Lo busqué.
Se volvió adicción. Su forma de mirarme, posesiva, obsesiva, como si yo fuera algo prohibido que solo él podía tener. Y lo peor es que empecé a querer que me mirara así. Solo así.
Me rompió. Lo rompí. Nos destruimos a un punto en el que ya no sabía cómo respirar sin él. Y cuando creí que por fin iba a olvidarlo, entendí que nunca lo odié. Que siempre fue él. Que siempre iba a ser él.
Este no es un amor bonito. No es sano. Es el que te consume, el que te hace temblar, el que te hace decir:
*eres mi droga, pero no la quiero soltar, aunque debo.*
Es para siempre. Aunque nos duela. Aunque nos condene. Aunque el mundo entero arda a nuestro alrededor.
Que arda.
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