-¿Qué haces aquí? -preguntó Abraxas, con una voz débil y rasposa.
Tom se detuvo en seco. Parpadeó dos veces, procesando la información.
-Solo quería confirmar si estabas viva o muerta -respondió con una frialdad que ocultaba su desconcierto-. Pero como estás viva... me voy. No quiero problemas.
Se giró para salir, pero la voz de Abraxas, más débil aún, la detuvo.
-No estaré viva por mucho tiempo.
Tom se volvió lentamente, con el ceño fruncido. Su curiosidad mórbida se activó como un resorte.
-¿A qué te refieres?
Abraxas levantó una mano ensangrentada, mostrándole los dedos teñidos de rojo.
-Me han envenenado -dijo, con una certeza sombría-. Mi madre... o el espía de mi madre. Estoy sangrando por dentro, y voy a morir desangrada.
Tom no pudo evitar que sus ojos verdes se iluminaran con un destello de fascinación. No porque le importara la vida de Abraxas, sino porque la idea de un veneno tan sofisticado que pudiera hacer sangrar a alguien desde el interior era... intrigante.
-¿Quién fue? -preguntó, dando un paso adelante-. ¿Sabes quién te lo puso? Tal vez pueda conseguir ese veneno. Tengo... intereses en envenenar a ciertas personas. A un profesor, por ejemplo.
Abraxas negó con la cabeza, con un gesto cansado que casi parecía teatral.
-No sé quién fue. Pero mi fantasma se encargará de encontrar a mi asesino. Cuando muera, lo sabré todo. Y entonces regresaré para vengarme.
Tom asintió lentamente, como si reconociera un plan de venganza bien trazado. Era, después de todo, lo que ella misma haría en su lugar.
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