-¿Quién es ese chico? -Preguntó el ojiazul maravillado con la voz de aquel misterioso chico, la melodía tan relajante que salía de su pobre y desgastada guitarra.
- Nadie lo sabe, simplemente lo ven allí tocando cada día una canción nueva. ¿Crees que viva debajo de los puentes? -Rió su rubio amigo, tomándoselo como siempre a broma.
Louis rodó los ojos y quedó contemplando a aquel muchacho, sabía que se veía misterioso pero es que no podía resistirse ante el melodioso sonido de su canto, aquel que había hecho que algo dentro de él se removiera como un loco, sintiendo una desesperación por abrazarlo y acompañarlo en su canto. De un momento a otro el ruloso volteó a mirarlo, hipnotizando al más pequeño con sus ojos verdes que suplicaban ayuda, amor y compañía; Louis sólo pudo sonreírle, intentando así sacarle al menos una sonrisa, pero no lo logró. En ese instante, el ojiazul supo que debía saber su nombre, verlo sonreír por él y hacerlo feliz, pero... ¿Cómo lograría todo aquello?
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