El primero de febrero llegó, y con el, todo el caos. ¿Por qué? Nadie lo sabe. La ciudad se llenó de cadáveres en estado de putrefacción y de cuerpos que eran incapaces de pudrirse. Todos habían muerto. Con el tiempo, el olor de los cadáveres empezó a ser opacado por la llegada de unas flores que crecían descomunalmente por toda la ciudad y expedían un olor único y embriagante. Aunque no había nadie vivo para olerlas. Les tomó un par de día cubrir todo, tapizando en un fino manto a los edificios y sepultando debajo de sus raíces a los cuerpos. Unas flores de un intenso azul. Fueron mi única compañía mientras la humanidad convergía a un nuevo éxodo, en este caso, a la inmovilidad total.
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