El acero brilla bajo la luna, goteando la sangre caliente de los caídos. Rayde respira entrecortado, con el sabor metálico impregnando su boca, su piel cubierta de heridas y vísceras. Sus manos, antaño firmes y honorables, ahora tiemblan de furia y desesperación. Lo perdió todo. Sus compañeros, su familia de batalla, masacrados como perros ante sus ojos. No hubo honor, no hubo gloria, solo gritos agonizantes y cuerpos mutilados sobre el fango. Rayde no lloró. No tuvo tiempo para el dolor, solo para la venganza. Uno a uno, los asesinos cayeron bajo su filo. No fue suficiente. Nunca lo fue. La sangre derramada no sació su sed, solo avivó la bestia dentro de él. Lo que comenzó como justicia se convirtió en una matanza sin sentido. No distinguió entre verdugos e inocentes. Quemó aldeas. Degolló hombres que rogaban por sus vidas. Sus manos se convirtieron en garras de un demonio insaciable.
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