El sonido de la moto cortaba el silencio de la noche como un rugido salvaje. Azael no miraba atrás. Nunca lo hacía. Sus ojos ocultos, tras las gafas oscuras, reflejaban la carretera como un abismo. Bajo la cazadora de cuero, las cicatrices que cruzaban su espalda ardían como si alguien las hubiese dibujado con fuego. No recordaba cómo se las hizo. No quería recordarlo. Lo único que sabía era que había algo dentro de él que era normal. Algo que latía diferente, que lo separaba del resto. No era solo su forma de hablar con voz ronca y segura. Era algo más oscuro. Más antiguo. Y por eso estaba huyendo. O eso creía...hasta que apareció ella. Una chica con mirada de diosa y boca de pescado. Piel de luna, alma de tormenta. Selene. Desde el primer día, lo odiaba. Lo sabía sin necesidad de palabras. Le odiaba por cómo caminaba, por cómo la miraba, por cómo la hacía sentir. Porque con un solo roce de su voz, ella se encendía por dentro. Y lo peor era que él también lo sentía. La necesitaba. Pero si la tocaba...se destruirían. Porque el mundo que los rodeaba no era tan humano como creían. Porque los secretos de ambos eran más oscuros que sus miradas. Y porque cuando el fuego y la oscuridad se rozan...arde todo.
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