Emily sabía que ella no era una buena persona. Lo supo desde el momento en el que cortó la garganta de su padre sin sentir nada más que felicidad y euforia. Y su creencia solo se reafirmó con cada gota de sangre que continuamente manchaba sus manos y con todos los gritos de piedad y misericordia que escuchaba casi diariamente. Emily no era una buena persona y, sin embargo, tenía la capacidad de amar con la misma fiereza e intensidad de la persona más pura y dulce del mundo. No obstante, el amor que Emily constantemente profesaba era un tierno y casi delicado amor filial por su única familia y por las pocas personas a las que se atrevía a llamar amigos. Sin importar cuanto lo intentó, Emily nunca consiguió enamorarse de alguien, todos los sentimientos amorosos que alberga siempre eran meramente platónicos. Con el paso de los años, Emily inclusive dejó de creer que ella fuera capaz de sentir amor romántico. Entonces conoció a Sara. (Créanlo o no, esto es una historia de amor)
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