AKUMA

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WpMetadataReadComplete Thu, May 3, 2018
Las cenizas caen del cielo posandose sobre el suelo como si de copos de nieve se tratasen, miro a mi alrededor y todo es caos, fuego, traicion y deseperacion. Por un momento mi mente vuela lejos de este horrible lugar, recuerdo a Ian, Caleb, Nicollete, Tsuke, mis hermanos, papàs y amigos que algun dia conoci, ohh como habian cambiado las cosas. Si alguien algun dia me hubiera dicho que todo terminaria asi posiblemente me hubiera pegado un tiro ahi mismo, luche, luche hasta mas no poder. Luche por mantener lo poco que quedaba de mi humanidad, luche por conservar la lealtad, luche por todos aquellos que hoy no estan. -¡Laila!- Escucho a lo lejos, esa es la voz de la persona que yo mas confiaba. La que alguna vez amé. No queria volver, no queria hacerlo. Regreso al infierno, veo cuerpos tirados por todas partes, criaturas y personas agonizantes, camino como puedo y entierro mi pequeña daga en lo primero que siento, no quiero mirar sus ojos. ¡Por favor! ¡Has que pare! ¡Has que todo pare! -Laila, lo siento.- Susurra. Cae desplomado en el suelo y yo me uno de rodillas. -Lo siento tanto.- Susurro sollozando entre su cuerpo ensangrentado, aun puedo sentir sus respiraciones agitadas tratando de tomar un poco de aire.- Tenia que hacerlo, lo siento. Derechos reservados: © Georgina Ruiz (de la obra)
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Cautelosa, así es como solían describirme, una mujer recelosa pero decidida, con una visión clara de lo que quería. No desperdiciaba mi tiempo en cosas inciertas; la mujer que nunca se dejaba llevar por impulsos, la que sabía cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio gobernara. Estas fueron las frases con las que a menudo me elogiaban, asegurando que eran cualidades excelentes, pero yo lo llamaba de otra manera. Cobarde, sí, esa definitivamente era una palabra perfecta para describirme. Tenía un pacto no escrito con la rutina, y la monotonía era mi fiel compañera. Porque la emoción, señores, no es una chispa inofensiva; es un sendero de gasolina esperando la llama que lo encienda todo. Y el fuego... lo odio. Lo temo. Porque ya lo sentí en la piel. Ya bailé al compás de sus lenguas abrasadoras, y cuando terminó, me dejó hecha cenizas. Y ¿saben qué? Fui una estúpida. Pensé que vivir en la seguridad de lo predecible me salvaría. Que si mantenía el ritmo lento y apagado, las llamas no volverían a alcanzarme. Qué ingenua. Lo que nadie te dice es que la rutina es un bosque seco, acumulando suspiros sin pasión, y el aburrimiento, un polvorín esperando una chispa minúscula para devorarlo todo. Y así fue. Evitando el fuego, caminé directo al infierno. Qué irónica es la vida; evitaba el fuego y terminé encontrándome cara a cara con el mismísimo infierno.

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