Las posibilidades de suicidio siempre estuvieron latentes, la muerte rodeaba la habitación. Las paredes color rosa rasgadas con inocencia y delirios de niña buena. Nada en mí estaba bien, empezando por los malos pensamientos, sintiendo miles de rencores hacia mí que me dejaban marcas profundas que ya no desaparecerían. No estaba de acuerdo conmigo, nada me gustaba de mí. Rompía a llorar cada vez que me miraba al espejo, la frustración me invadía cada vez que por la calle iba, ni siquiera los silbidos y piropos que allá afuera provocaba, servían para de alguna manera, sentirme bonita. Desde pequeña trataban de abusar de mí, todo comenzó en primer grado. Era tímida, siempre lo había sido. Esto, provocó la gran impresión de que era insegura, y es que así era... Jaime, un niño un poco más grande que yo, se aprovechaba de la tierna inocencia que muchas veces guardaba. Él, se acercó rápidamente sin educación, y así decidió entablar conversación: Jaime. -Hey, usted. Sentada en un rincón de la parte de atrás miré lentamente sin importancia. Jaime. -Es usted una niña muy linda, siéntese acá a mi lado. ¡Le voy a enseñar muchas cosas! Pero no de niños, esas son puras tonterías. Yo le voy a enseñar cosas verracas, cosas de adultos. -dijo galantemente agregando un guiño. Y yo, sin más que hacer o decir, me quedé acostada en mi escritorio. Cuando llegué a mi casa, mi madre me preparó un café y con mucho entusiasmo me dijo: -¡Qué hubo Manuela! ¿Cómo le fue en su primer día de escuela?- ¡Ha! Lo recuerdo como si hubiese sido ayer, fue la primera vez que me preguntó eso... recuerdo también que le decía " Lina '', al parecer, ella se sentía muy mal cuando la llamaba así, pues deseaba que fuera como otras hijas; porque cuando salíamos a la tienda yo le decía: ''Lina, por favor cómpreme esto, quiero esto y esto''. La gente se sorprendía y creía que ella me había robado o algo así.
A veces, la vida duele más de lo que las palabras pueden explicar. Ella lo sabía bien. Cada mañana era una lucha contra sus propios pensamientos, una guerra silenciosa en la que siempre salía herida. La ansiedad la estrangulaba desde dentro, y el mundo a su alrededor parecía indiferente. Nadie imaginaba que detrás de su mirada vacía se escondía un infierno: el monstruo que vivía bajo el mismo techo, le había robado la inocencia y la calma.
Una tarde, todo colapsó. En medio de un ataque de pánico en los pasillos del instituto, cayó al suelo temblando, incapaz de respirar. Un chico de mirada intensa y silenciosa, que no dijo nada pero se arrodilló a su lado y le sostuvo la mano. Había algo en él... una oscuridad parecida a la suya.
Lo que no sabía era que aquel desconocido no era cualquier chico Cargaba con sus propios demonios, cicatrices invisibles que lo hacían diferente a todos los demás. Y sin saber por qué, decidió que quería ayudarla. Porque a veces, las almas rotas se reconocen entre sí.