El aire en las Tierras de Ceniza siempre sabía a azufre y metal pesado. Sentado al borde de una caldera volcánica, Neteyam terminaba de ajustar las correas de cuero negro alrededor de sus muslos. Su piel, oscura y brillante como la obsidiana pulida, contrastaba de forma hipnótica con las líneas bioluminiscentes de su cuerpo, que en lugar del azul común de Pandora, parpadeaban en un tono carmín encendido, casi como brasas que se negaban a morir.
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