Danna es una joven común. Lo que no resulta normal es la vida que le tocó cargar desde demasiado pronto: un pasado atravesado por hospitales, silencios largos y la palabra cáncer instalada como una sombra persistente. Ha sobrevivido, pero sobrevivir no siempre equivale a vivir.
A los dieciocho años entra a la universidad como quien cruza una frontera invisible, con el cuerpo en el presente y la mente todavía anclada al miedo.
Allí aparece Sebastián.
Tiene veintiún años y realiza sus prácticas en el campus. Parece pertenecer a una realidad distinta, una donde todo encaja con precisión: es talentoso, adinerado, generoso incluso cuando no le conviene, y posee esa belleza que no se esfuerza en serlo. Su carrera de psicología está casi terminada y el futuro se abre ante él sin exigirle sacrificios.
Sin embargo, Danna logra desordenarlo, sacar de él impulsos que no sabía que tenía, romper la calma de su mundo perfecto.
Sebastián insiste en mostrarle lo que ella no logra ver en sí misma: fortaleza, luz, vida. No se detiene en sus defectos ni en su pasado, porque para él no son obstáculos.
Danna, en cambio, no sabe cómo sostener la mirada de alguien que no huye de sus cicatrices, de alguien que no teme quererla completa.
Ella necesita a alguien que le recuerde que la vida no terminó cuando creyó que sí.
Él necesita a alguien que lo arranque de esa rutina impecable que, sin notarlo, lo estaba asfixiando.
El amor comienza a instalarse de forma silenciosa, intensa, casi peligrosa. Se manifiesta en miradas que prometen demasiado y en sentimientos que desbordan lo permitido. Para Danna, amar significa arriesgarse a perderlo todo otra vez; para Sebastián, amar significa romper con la seguridad que siempre lo protegió.
Y así, sin palabras dichas en voz alta, ambos se acercan a un paraíso que asusta tanto como seduce, conscientes de que algunas historias no nacen para ser fáciles, sino para ser inolvidables.
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