Todo se veía tan oscuro desde allí, caras triste y desoladas. La soledad abarcaba cada rostro y las lagrimas eran la orden del día. Todos lloraban aquella perdida. Al entrar por aquella puerta fui un total desconocido, excepto para aquellos pocos rostros que me llegaron conocer un día. Muchos lloraban, pero estoy seguro que ningún corazón estaba tan destrozado como el mío, ni el caballero que llevaba el anillo en su dedo podría decir que se sentía el hombre más infeliz y destrozado, pues ese papel me correspondía solo a mí.
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