Percibí aquella señal química, como un águila localiza a su presa. Era fuerte e irradiaba aquella aula en la que me encontraba. El distinguido profesor de matemáticas, René Granger estaba explicando su nuevo método deductivo, dejando fascinado a más de uno, mientras yo intentaba encontrar de donde provenía aquella señal. Estaba nerviosa, pues significaba que no estaba sola, que había otro, había otro lobo y además estaba asistiendo a la misma clase que yo.
Mis ojos se movían rápidamente de un lado para otro hasta que lo encontré. Encontré unos ojos azules, mirándome fijamente, no se si bien porque parecía histérica, o bien porque era él mi señal química.
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