Gritó su nombre con la esperanza de oír su irritante voz, llamó a su puerta con la esperanza de contemplar su traviesa expresión, unió sus manos con la esperanza de que lo que sentía fuese correspondido. Con la mirada temerosa y el corazón jadeante, quiso arrodillarse ante los Dioses y rogar por piedad. Próximamente, ay.
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