Nunca imaginé que un solo beso pudiera cambiarlo todo. Wilmer había sido mi mejor amigo desde siempre. Compartíamos series, confidencias, risas tontas, fiestas desastrosas y hasta la cama cuando nos quedábamos dormidos viendo películas. Nunca hubo lugar para dudas... hasta que las hubo. Hasta que me besó. O le besé yo. Ya ni siquiera lo tengo claro. Fue un momento tonto, parte de un plan improvisado para llamar la atención del chico que me gustaba. Y funcionó. Pero también me dejó con un nudo en el pecho, un millón de mariposas y una pregunta imposible de ignorar: ¿y si no fue solo un beso? Desde entonces, todo se volvió confuso. Porque por primera vez, me di cuenta de que quizá siempre lo había querido, aunque no supiera ponerle nombre.
Más detalles