El amanecer entraba en tonos dorados por la ventana, acariciando suavemente el rostro de Gi-hun. Parpadeó un par de veces antes de sonreír, sintiendo el calor de un pequeño cuerpo pegado al suyo. Se giró con cuidado, viendo a su hijo mayor acurrucado contra su pecho, su respiración tranquila, su cabello rubio con destellos marrones despeinado por el sueño. -Tae.. -susurró con dulzura, acariciándole la mejilla. El pequeño gruñó en sueños y se aferró más a su camisón, negándose a despertar. Gi-hun sonrió con ternura antes de alzar la vista. En la cuna junto a la cama, su hija de tres meses, Ga-yeong, se removió levemente, su boquita formando un pequeño puchero antes de volver a relajarse. Su pecho subía y bajaba con un ritmo pausado, en paz. Sintió el colchón moverse a su lado y, al girarse, encontró la mirada adormilada de In-ho. Su esposo le dedicó una sonrisa cansada, pero llena de amor. -¿Ga-yeong se despertó? -murmuró con voz ronca. -No, sigue dormida. Tae-jun se metió a la cama otra vez... -susurró Gi-hun, riendo suavemente. In-ho suspiró, pasándose una mano por el cabello. -Ese niño siempre busca a su eomma. -Y a su appa también -respondió Gi-hun, alargando una mano para tomar la de su esposo. In-ho entrelazó sus dedos con los suyos, acariciando su piel con suavidad. El momento era perfecto. Demasiado perfecto. Pero Gi-hun sabía que la eternidad era solo una ilusión. Apretó un poco más la mano de In-ho, sintiendo la necesidad de grabar ese instante en lo más profundo de su alma. Porque sabía que no todos los amaneceres durarían para siempre. -Te amo -susurró.. In-ho le miró en silencio por un momento antes de inclinarse y dejar un beso en su frente. -Te amo más. Gi-hun cerró los ojos y respiró hondo, permitiéndose por un momento la fantasía de que siempre sería así. De que cada despertar los encontraría juntos, abrazados, con sus hijos creciendo entre risas y amor. Pero el tiempo nunca se detiene
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