El norte ardió. No llegó como una mensajera. No trajo advertencias. No pidió permiso. El cielo se oscureció con su sombra mucho antes de que alguien oyera su rugido. Donde los lobos luchaban con acero, y el hielo marcaba su dominio sobre la tierra, el fuego se alzó sin nombre y sin dueño. Visenya Targaryen había cruzado el continente montada sobre un demonio de escamas negras y ojos rojos como el alba. No por gloria. No por deber. Sino porque alguien le había arrebatado algo que aún no poseía. Y nadie le quitaba nada a una Targaryen sin pagar el precio. Ese día, el Norte fue testigo del fuego como nunca antes lo había visto. Ese día, la guerra tuvo un nuevo nombre. Visenya.
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