Me resistía.
Sí, lo acepto. Me resistía a su sonrisa, a su aroma, a sus palabras, sus gestos, sus ojos... Sobretodo a sus ojos. Me resistía porque pensaba que él era una mala influencia, pero resultó ser mucho peor de lo que creía.
Pero para cuando lo supe, ya no tenía más fuerzas para seguir huyendo. Sucumbí. Me derretí ante sus encantos aparentemente dulces pero amargos una vez conoces la verdad.
Me enamoré. Y no hay un maldito día que no me arrepienta de ello.
Todos os Direitos Reservados