POR LOS CLAVOS DE CRISTO
Se muere una vez, se viven mil veces.
Un ciclo no cerrado, un lapso vital dejado en pausa, debe clausurarse antes de partir de este mundo, de lo contrario quedan vértices abiertos, también aristas obligando a su consumación. Esta historia es inherente al devenir de las almas, a la herencia genetica, a las historias convulsas, incluso inconclusas como legado de aquellos que se aventuraron a no finiquitar sus propias causas; al no hacerlo, dejan atrás una estela de karmas, como singular legado a sus descendientes, quienes deben asumirlas para su total realización y liquidación, así el universo no conspire.