El humo del cigarro no solo envenena los pulmones... también lo hace con el alma. La ventana estaba entreabierta. El frío de la madrugada se colaba con sigilo, pero no era suficiente para borrar el olor a tabaco que impregnaba las paredes. Las cortinas amarillentas bailaban al compás de un viento que no traía paz, solo recuerdos. Yoongi se sentaba en el borde de la cama, descalzo, con un cigarro encendido entre los dedos. El silencio le pesaba, como cada noche. Las voces en su cabeza eran más fuertes que cualquier canción que alguna vez compuso. Las cenizas caían sobre el suelo polvoriento. Una tras otra. Como los días que lo alejaban de lo que alguna vez fue. Pensaba en ellos. En cada uno. En cómo el tiempo, las decisiones y el dolor habían esparcido sus destinos como hojas en otoño. Y ahora... solo quedaba él. El que fuma para olvidar. El que sonríe para que nadie pregunte. El que carga con más culpa de la que puede soportar. -No fue mi culpa... -susurra, aunque ni él mismo lo cree. Pero lo dice cada noche. Justo antes de la primera calada. Este no es solo su vicio. Es su castigo. Es su refugio. Es su única compañía. Bienvenidos a la historia de quien encendió un cigarro... para no encenderse a sí mismo.
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