Ella era hermosa, única e inigualable. La contemplaría cada día con la devoción de quien mira un milagro; escucharía su voz como quien oye la melodía más perfecta, y cada amanecer le susurraría cuánto la amo, no solo con palabras, sino con cada gesto y acción. Nunca tendría que pedírmelo, porque mi amor por ella sería espontáneo, constante. Le regalaría flores todos los días de mi vida. Porque tenerla no era suficiente; ella merecía más. Soñaba con un futuro a su lado, una vida entera construida sobre deseos, anhelos e ilusiones. Pero entonces el destino, cruel e injusto, me la arrebató. Ahora, solo me queda aferrarme a los recuerdos. ¿Cómo puede ser eso posible? Cada mañana, al entrar a la cafetería, el aroma me transporta a ella, y en la negrura del café veo el reflejo de sus ojos mirándome. El olor de las flores y los árboles, antes reconfortante, ahora me envuelve en una sofocante tristeza que ahoga mis lágrimas. El verano terminó, y con él se desvanecieron las flores. Tú ya no estás. No queda nada más que otoño.
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