Charlotte, una chica de 17 años de edad, fue abandonada por sus padres con tan solo 3 años. Vivió en las calles hasta los 5 años, hasta que una señora joven, hermosa y de buen corazón, encontró a la niña pidiendo. La señora no dudó ni un segundo en adopatarla.
Pasó los años y la señora Ainsworth adoraba mas a aquella niña dulce e indefensa que había encontrado en la calle, para ella era una bendición. Aún que no tuvieran la misma sangre, la señora Coraline Ainsworth la quería como si lo fuera.
Charlotte no recordaba nada de su pasado, así que era un punto a favor para Coraline. La señora sabía el nombre de la niña gracias a una pulsera que llevaba en su muñeca derecha. Coraline no diría nada a su hija, ya que no quería que ella sufriera. Era tan frágil y delicada que, con cualquier golpe, podría romperse en mil trocitos de cristal. Llevaría aquel secreto a la tumba.
Charlotte era como una muñeca de porcelana. Su cabello de color castaño chocolate y de unas perfectas ondulaciones, su piel blanca como la nieve pero de buen cuerpo, su rostro fino y sus ojos verdes prado. Simplemente hermosa.
En el instituto sacaba buenas notas, pero siempre andaba sola ya que era demasiado tímida para hacer amistades. Prefería estar sola, encerrada en su propia parcelita donde nadie la molestaría. Mataba su tiempo dibujando debajo de un viejo roble a la sombra. Simplemente le encantaba estar allí.