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WpMetadataReadMaduroEm andamento
WpMetadataNoticeÚltima atualização qua, ago 3, 2022
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Ficção
Romance
Colocó un vaso de cristal en la barra de La Cocina y lo lleno hasta la mitad de whisky, lo bebo todo en un solo trago. El líquido calienta todo mi cuerpo desde el interior. No puedo sacar de mi cabeza la imagen de Camila, especialmente del imbécil que pudo sus manos en la cintura de ella. Decido poner música y ruego por qué eso pueda bloquear las imágenes en mi mente de lo que muy probablemente Camila esta haciendo con el muy hijo de puta del club. Cuando la música comienza a retumbar por cada rincón de mi departamento me toma una fracción de segundo saber que el grupo que se escucha es el favorito de ella, Arctic monkeys. Esto solo hace que mi temperamento llegue al limite y arrojó el caso contra la pared, estrellándose y partiéndose en cientos de pedazos que se esparcen por todo el piso. Soy un completo idiota, después de todo fui yo quien la dejo ir. Mi teléfono vibra en el bolsillo de mis pantalones e interrumpe el hilo de mis pensamientos, pienso en ignorarlo, pero si es Esteban o Pedro y no les respondo estoy seguro que los tendré aquí en unos minutos, y no tengo las ganas o el humor de lidiar con ellos. "Abre la puerta." Es todo lo que leo y no puedo reconocer el número. Camino hacia la puerta y cuando la abro me preparo para mandar al diablo a quien sea que este del otro lado. Camila me ve expectante, sus ojos perfectamente delineados y con sombra color negra tienen un brillo febril. Me hago a un lado y ella entra sin decir una palabra. Camina directamente a la pared donde estrelle el vaso y observa todo los pedazos tirados por el piso. Ni siquiera le doy tiempo de dar media vuelta cuando la acorraló contra la pared. "¿Quien carajos es el imbecil del club?" Pregunto mientras ella está de cara a la pared y yo tengo mis brazos a cada lado de su cuerpo.
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-Con esta ya es la décima chica secuestrada en la ciudad -comentó Diego. -¿Qué harán con ellas? Digo, tantas mujeres... -dijo Dalia, inquieta. -Lo único que yo sé es que... qué bueno que soy macho -respondió alguien con una sonrisa burlona. Sonreí ante aquel comentario. -¿Y tú, Lari? ¿Qué opinas? -¿Yo...? -Sí, tú. ¿Estás muy despistada? ¿En qué piensas? -En nada... Bueno, ¿irán a la fiesta de hoy? -No sé, la verdad dudo que me dejen. Y menos si voy sola -contestó Karen. -Yo iré un rato -dijo Diego-. Sólo para acompañar a Larissa. -¿A mí? Yo no necesito que me acompañes. -aun así lo haré. Y ya, hay que irnos a clases o nos van a castigar. 12:30 p.m. -¡Lari, ya son pasadas las doce! ¿No crees que es hora de irnos? -gritó Diego para que lo escuchara entre la música. -¡No, aún es muy temprano! -respondí sin dejar de bailar. Yo seguía moviéndome al ritmo de la música. -¡Bueno, como quieras! ¡Yo ya me voy, nos vemos en la escuela! -me gritó, alejándose hasta perderse entre la multitud. 3:33 a.m. Salí del club caminando sin tacones y, admitámoslo, un poco embriagada. Caminaba por las calles, ya que mi casa no quedaba tan lejos del club y la madrugada estaba agradable. -Mariana, cuenta uno... Mariana, cuenta uno... -empecé a cantar sin sentido. Fue entonces cuando una camioneta negra se detuvo bruscamente frente a mí. Me quedé paralizada; mis piernas no respondían. De la camioneta salieron dos hombres vestidos completamente de negro, con máscaras extrañas. Intenté gritar, pero uno de ellos tapó mi boca y cubrió mi nariz con un trapo blanco húmedo. El otro me tomó por las piernas mientras yo pataleaba con fuerza. introspectivo -¡Carajo, tómala bien! -gruñó el que me sujetaba. Seguía luchando cuando un tercer hombre bajó de la camioneta Eso fue lo último que vi antes de sentir la inyección en el cuello. Después... oscuridad.

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