Sarita_1724
A veces, para reencontrarse a uno mismo, hay que escarbar bajo los escombros de una ciudad en guerra.
Medellín, mediados de los años 90. El Barrio Pedregal se lo disputan entre el Clan de Frank y la sombra del Bloque Cacique Nutibara. Soy una niña que creció con el terror de las balaceras continuas afuera de casa. Para el Bienestar Familiar solo somos números. Caigo atrapada junto a mi hermano Daniel en un limbo que duró años, marcado por maltratos sistemáticos que le dejarían a Daniel graves traumas en el lenguaje debido a despiadadas carencias afectivas. Mientras tanto, el Estado perpetra el desmembramiento más doloroso: a mis hermanos Diego y Nariya, de tan solo 7 años, los dejan atrás para sufrir el distanciamiento y la locura materna.
A nosotros dos nos trasladan a un orfanato en El Poblado, última etapa antes de que mi mamá y mi papá adoptivos nos salven, llevándonos a Italia. Pero el vuelo no borra el pasado. Cuento mi vida y el impacto de los traumas en Europa. Comparto el infierno de Pedregal con mi hermana no de sangre, Milagro, testigo de violencias inauditas que nadie quería escuchar. Guardo en el corazón el amor por mis hermanos Mateo Yeferson, Samuel Deiver y Gabriel Luis, nacidos demasiado tarde para haberlos conocido entonces, pero a quienes hoy finalmente conozco y amo con la vida.
En aquel viejo infierno de Pedregal, un muchacho muy joven, Jeison, me protegió y me amó, dejando una huella eterna. Hoy, al descubrir que Jeison se fue en el 2002, rompo el silencio. Escribo para reconstruir nuestra identidad, denunciar la negligencia de las instituciones, honrar a los padres que nos salvaron y darle voz a mis hermanos y a la memoria de Jeison. Rompo mi silencio para que ustedes también encuentren el valor de hablar.
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