JhoannAZ298
En un pequeño pueblo rodeado por la espesa selva, vivía un joven llamado Mateo. Desde niño le gustaba explorar los bosques y aprender sobre las historias que contaban los ancianos del lugar.
Una mañana muy temprano, Mateo tomó su mochila y su escopeta de caza. El cielo estaba cubierto por una ligera neblina y el canto de las aves resonaba entre los árboles gigantes.
Mientras avanzaba por un estrecho sendero del monte, escuchó sonidos extraños entre los arbustos. Al principio pensó que era algún animal escondido, pero algo no se sentía normal.
Continuó caminando con cuidado hasta que, a lo lejos, distinguió una pequeña figura parada entre los árboles.
Mateo se quedó inmóvil.
Aquella criatura era muy baja, casi como un niño pequeño. Sin embargo, cuando logró verla mejor, notó algo aterrador: uno de sus pies parecía el de un bebé, mientras que el otro se asemejaba a la pezuña de una cabra.
El joven sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
-No puede ser... -susurró.
Recordó entonces las historias que contaban los ancianos sobre el Chullachaqui, un misterioso ser de la selva que aparecía para confundir a los viajeros y hacer que se perdieran para siempre.
La criatura permanecía observándolo en silencio.
Mateo, lleno de miedo, buscó rápidamente en su bolsillo un cigarro que llevaba consigo. Según las creencias de algunos pobladores, el humo podía ahuyentar a ciertos espíritus de la selva.
Con manos temblorosas encendió el cigarro.
El humo comenzó a elevarse lentamente.
En ese momento, la extraña figura dio unos pasos hacia atrás.
Luego otro más.
Y otro.
Hasta que desapareció entre la oscuridad de los árboles.
Mateo respiró aliviado.
Pensó que todo había terminado.
Pero cuando se disponía a regresar al pueblo, escuchó una voz lejana que provenía de lo más profundo de la selva:
-Mateooo...
El joven se quedó paralizado.
Aquella voz conocía su nombre.
Continuará...