touka765
El aula olía a lápiz recién afilado, a páginas de pulpa blanca y al inevitable encierro de las mañanas de octubre. Para Elisa, los cuadernos nunca habían sido simples repositorios de apuntes; eran trincheras silenciosas, mapas improvisados donde refugiarse del bullicio ajeno y del vértigo que le provocaba el mundo exterior. Allí, entre márgenes trazados con regla y esquinas dobladas por la prisa, guardaba la certeza de pasar desapercibida. Al menos, así fue hasta el martes en que sus miradas chocaron por primera vez con las de Mateo, al otro lado de la tercera hilera de bancas.
Él no encajaba en la quietud de las rutinas académicas. Sus cuadernos estaban llenos de garabatos caóticos, viñetas a medio terminar y apuntes que desafiaban la rigidez de la pizarra. Desde aquel cruce de ojos fugaz, el silencio del salón dejó de ser un refugio seguro para convertirse en un terreno minado de tensiones invisibles. Cada vez que el profesor dictaba una lección y las hojas pasaban con un susurro rítmico, un nuevo diálogo silencioso comenzaba a tejerse entre ellos, hecho de gestos mínimos, de sonrisas contenidas al margen de la tinta y de la creciente sospecha de que, a veces, un par de ojos dice mucho más que mil palabras escritas a fuego lento.