EvaMar02
Hay heridas que no aparecen en ningún expediente.
Aprendí a reconocer el dolor en los demás antes de comprender el mío.
Aprendí a tomar pulsos, a contar respiraciones, a limpiar heridas, a sostener manos temblorosas y a decir palabras tranquilas cuando todo parecía estar a punto de romperse.
Aprendí que algunas personas llegan a un hospital buscando una segunda oportunidad.
Que algunas heridas cierran.
Que algunas cicatrices desaparecen.
Y que otras permanecen para recordarnos aquello que alguna vez nos dolió.
Pero nadie me enseñó qué hacer cuando la herida estaba dentro de mí.
Nadie me explicó cómo atender un corazón que sangraba en silencio.
Porque mientras aprendía a salvar vidas, estaba perdiendo una parte de la mía.
Mientras aprendía a despedirme de pacientes que debían continuar sin mí, no sabía cómo despedirme de ti.
Y eso fue lo más cruel.
Que pude aceptar muchas despedidas.
La tuya, no.
Porque hay personas que no mueren cuando se van.
Mueren lentamente dentro de nosotros, cada vez que recordamos lo que fueron, lo que pudieron ser y aquello que nunca nos atrevimos a vivir.
Tú fuiste mi herida favorita.
La que nunca quise curar.
La que escondí debajo de una bata blanca, detrás de una sonrisa y entre turnos interminables.
Y aunque aprendí a cuidar de todos, jamás aprendí a cuidarme de ti.
Tal vez porque algunas historias no terminan cuando dos personas se separan.
Terminan cuando finalmente aceptamos que ya no volverán.
Y yo todavía estoy aprendiendo a aceptar tu ausencia.
Todavía estoy aprendiendo que no todas las vidas pueden salvarse.
Que no todos los amores tienen un tratamiento.
Que algunas despedidas son inevitables.
Y que, a veces, la persona que más deseas conservar es precisamente aquella a la que tienes que aprender a dejar ir.
Este libro no habla de cómo sanar.
Habla de lo que ocurre mientras intentamos hacerlo.
De las noches en las que el recuerdo vuelve a abrir una herida que creíamos