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Alexa odiaba Italia. O más bien, odiaba tener que mudarse a Italia a mitad del año escolar, entrar a un liceo donde no conocía a nadie y, encima, tener que soportar a Stephano.
Stephano era el típico chico que se creía el rey del salón. Con su cabello despeinado, su acento italiano que a todas les parecía "encantador" y esa sonrisa arrogante de quien sabe que puede salirse con la suya. Desde el primer día, la vio como una intrusa. "La nueva", la llamaba. Y Alexa, con su carácter fuerte, no tardó en devolverle el golpe.
-¿Problema conmigo, Stephano? -le dijo un día, cruzada de brazos.
-Ninguno. Solo que no entiendo por qué sigues aquí -respondió él, encogiéndose de hombros.
Y así empezó todo. Una guerra silenciosa de miradas fulminantes, comentarios sarcásticos en clase de italiano y pequeños sabotajes: él le escondía sus apuntes, ella le corregía los errores de gramática en voz alta. Los profesores ya no sabían qué hacer con ellos. Los compañeros apostaban quién ganaría la próxima discusión.
Pero un día, todo cambió. Una excursión escolar a Roma, un grupo de trabajo obligatorio o una tarde lluviosa en la biblioteca los puso frente a frente, sin nadie más. Y Alexa descubrió que Stephano no era solo el chico insoportable que la molestaba. Tenía una risa que no sonaba tan mal cuando era sincera. Y Stephano descubrió que Alexa, cuando no estaba a la defensiva, tenía una forma de mirar el mundo que lo dejaba sin palabras.
Ahora, cada vez que se cruzan en los pasillos del liceo, ya no saben si quieren discutir... o quedarse mirando un segundo más de lo normal.
Porque en primero de secundaria, todo es intenso. Hasta el odio. Y a veces, el odio es solo el disfraz de algo que ninguno de los dos está listo para admitir.