Harvaster
Elías Varga acepta el turno de noche en el ala geriátrica de un hospital que está siendo desmantelado piso por piso. Le asignan un solo paciente: un hombre en coma, sin nombre en la pulsera, registrado bajo un número. Los papeles dicen que ingresó hace seis años. También dicen que murió. Cada mañana Elías anota lo mismo en la bitácora: el paciente respira, el paciente no despierta. Pero el cuerpo cambia. La piel se tensa, las canas se oscurecen, las manos se afinan. El hombre de la cama 12 está rejuveneciendo, un día por cada noche, hacia un rostro que Elías empieza a reconocer sin saber de dónde. Mientras el hospital se vacía y los turnos se vuelven imposibles de contar, Elías comprende que no está cuidando a un paciente: está ocupando un lugar en una sustitución que empezó mucho antes de él.