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Tomás Lasserre no recuerda sus sueños. Nunca lo ha hecho, y esta noche tampoco será distinto. Pero mientras duerme, tendido en una vereda bajo la única luz de un farol suspendido en la nada, vive algo que jamás sabrá que vivió: un ratón con anteojos de carey y una cortesía insufrible se detiene frente a él, se presenta como Ferdinand, y le confunde el nombre.
Antes de que Tomás pueda aclarar quién es, se ve arrastrado a una travesía imposible: una escalera que asciende peldaño a peldaño hasta la Luna, custodiada por un inspector con un reloj por rostro; un gremio de roedores desesperado por un queso legendario, oculto entre los cráteres; y una puerta de piedra que no debería existir -una puerta que, según Ferdinand, alguien más querría para sí.
Pero cuanto más avanza, más preguntas se acumulan. ¿Por qué Ferdinand parece conocerlo de antes? ¿Por qué sus propias manos, su propia voz, no dejan de cambiar? Y detrás de la puerta -donde no debería haber nada- espera algo que no es queso, ni cósmico ni de ningún otro tipo.
Un estruendo. Colores sin nombre. Y entonces, todo se apaga.
Al despertar, no quedará nada. Ni un rastro. Solo esa sensación, terca, de tener algo en la punta del pensamiento.