MelJir1201
Aranza despertó con la arena pegada a la piel y el sonido de las olas rompiendo a pocos metros. No recordaba cómo había llegado allí.
Lo último que venía a su mente era haber estado en un centro comercial con su mejor amiga. Habían pasado toda la tarde de compras hasta quedarse casi sin dinero. Solo les quedaban dos mil pesos.
-Espérame un momento, voy al baño -le había dicho su amiga.
Como el baño era de pago, le entregó las últimas monedas. Aranza se quedó esperándola sentada en una banca.
Y entonces...
Todo se volvió negro.
No sabía cuánto tiempo había pasado cuando recuperó la conciencia.
Estaba encerrada en la cajuela de un vehículo viejo. El metal oxidado, el olor a gasolina y las fuertes sacudidas del camino le confirmaban que aquello era real. Intentó moverse lo menos posible.
Entonces escuchó una voz desde el exterior.
-Sí, jefe. Todo está listo... Esta es la novena chica.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
Tuvo que fingir que seguía inconsciente cuando la cajuela se abrió. Un hombre enorme, de hombros tan anchos que casi bloqueaban toda la luz, la levantó como si no pesara nada y la dejó sobre la arena.
Después se marchó.
Sin decir una sola palabra.
Cuando el sonido del vehículo desapareció, Aranza abrió lentamente los ojos.
Estaba sola.
O al menos eso parecía.
Sin recuerdos de lo ocurrido, sin saber quién la había llevado allí ni por qué, comenzó a caminar.
No imaginaba que cada paso la acercaría a una verdad que alguien llevaba años intentando ocultar.
Secretos.
Mentiras.
Personas en las que no sabía si podía confiar.
Y una pregunta que podía costarle la vida responder.
Porque hay respuestas...
...que es mejor no encontrar.