nickyholi
Bajo los techos de marfil y las molduras bañadas en oro de la prestigiosa
Academia, el aire no se respira, se compite. En este ecosistema de élite,
Alastor se erigía no como un estudiante, sino como un monumento al intelecto. Su
mente, una maquinaria de precisión quirúrgica, lo mantenía siempre en la
cúspide, mirando desde una altura gélida a quienes apenas podían balbucear
frente a su elocuencia. Pero la excelencia tiene un precio: el odio. Un odio
silencioso que fermentaba en los corazones de sus compañeros, quienes veían en
su perfección un espejo que solo reflejaba sus propias mediocridades.
En el otro extremo de este espectro social se encontraba Lucifer. Si Alastor era
el diamante afilado, Lucifer era la luz difusa de un atardecer: cálido, dócil y
trágicamente maleable. Lucifer no caminaba por su propio pie; era arrastrado por
las corrientes de un "amor" que no era más que una cadena de plata. Él creía
fielmente en los susurros de aquellos que se decían sus amigos, cediendo su
voluntad ante la necesidad patética de sentirse amado, de pertenecer a algo,
aunque ese algo fuera una jauría de lobos con piel de cordero.
Fue entonces cuando la envidia decidió usar la inocencia como arma.
-"Es por su bien, Lucifer", le susurraron al oído, con esa perfidia disfrazada
de camaradería. -"Alastor necesita aprender humildad. Ayúdanos a bajarlo de su
pedestal".
Lucifer, con el corazón lleno de una lealtad mal encaminada, asintió. No
comprendía la magnitud de la crueldad que se gestaba bajo las risas fingidas. En
su mente infantil, solo estaba ayudando a un equilibrio necesario.
El día del agravio, el mundo pareció detenerse. En el centro del gran salón,
frente a la mirada de toda la institución, la trampa se cerró. No hubo honor,
solo una humillación grotesca y visceral. Alastor, el joven de la mirada de
cristal y la postura impecable, terminó bañado en desperdicios, cubierto por la
basura literal y metafórica de una sociedad