atolemagallanes
Si a los seis años alguien me hubiera preguntado qué quería ser de grande, habría respondido que princesa. Soñaba con palacios, zapatillas de cristal y un príncipe azul surcando el horizonte. (Inserte aquí un suspiro). Sí, ahora parece tonto, pero de niños lo imposible parece posible.
Pero creces, y descubres el secreto mejor guardado de la realeza: las princesas no se hacen responsables de NADA. Si les va mal, es culpa de una bruja; si se salvan, es por un príncipe. Qué cómodo, ¿no?
El problema es cuando el hechizo se rompe y se ven obligadas a enfrentar el mundo real.
Aquí no hay hadas madrinas ni finales preescritos. Están solas. Por primera vez, cada decisión y cada factura corre por su cuenta. En un mundo cínico y sin magia, tendrán que descubrir si ser dueñas de sus actos las convertirá en las heroínas de su vida... o si la cruda realidad las empujará a convertirse en las verdaderas brujas del cuento.