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Lucía era una chica de 14 años, delgada, de cabello castaño siempre recogido y mirada melancólica. Tenía la fragilidad de alguien que carga con problemas que no le corresponden.
Diego, en cambio, tenía la piel tostada por el sol, el cabello rebelde y las manos manchadas de grasa de bicicleta. Sus ojos marrones transmitían una madurez prematura, como si hubiera tenido que crecer demasiado pronto.
El pueblo era pequeño y silencioso, con calles empedradas y un río escondido que se convirtió en su refugio. Y entre ellos, la pulsera de hilos de colores, símbolo de un verano que los marcaría para siempre.