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A ver, queridos lectores, volvemos a la carga con las ocurrencias de nuestro "estimado" escritor. Resulta que esta vez no me metieron un nerfeo por lástima; no, señor. Fui yo mismo quien decidió desprenderse de los 7 ME y sellarlos en mi tomo personal, donde guardo reliquias y conocimientos de los 11 panteones de la Tierra. Un libro de emergencia que, honestamente, solo saco cuando la existencia misma se va al carajo. Pero claro, el autor no podía dejarme tranquilo. Para este segundo libro, el señor de las letras decidió que a mis escasos 14 años es una excelente idea ponerme el rol de padre adoptivo. ¿De quién? De Klarion el Chico Brujo, a quien logré encoger para que no destruya la realidad mientras intenta hacerme un berrinche. Sí, así como lo oyen: de pelear contra amenazas místicas pasé a cambiar pañales mágicos y aguantar berrinches interdimensionales.
Y hablando de cosas absurdas, olvídense de Gotham. En esta historia nos mudamos de dimensión, porque el escritor quiso ponerse "creativo" y armar una cosmología descaradamente inspirada en la TVA (o AVT, para los compas) de la competencia de Marvel. En este nuevo escenario, por fin van a descubrir mi verdadera naturaleza divina, una que me obligará a asumir mi estatus de divinidad otra vez para enfrentarme a una entidad de mi mismo calibre.
¿El villano principal? El Hombre al Revés. Y como el autor no sabe escribir una historia sin atascarla de cameos, armó un equipo improvisado: Rachel (el amor de mi vida, por si lo olvidaron), Klarion encogido, mi querido viejo John Constantine, mi madre Zatanna, el pesado del Doctor Fate y yo. Un circo místico completo para intentar no morir en el intento.
Mientras tanto, del otro lado del portal y lejos de mi supervisión, la Mansión Wayne es un caos. Damian anda aprovechando que no estoy para hacer de las suyas, cayendo redondito en las garras del amor con Flatline (Nika). Los niños aprovechan cuando el hermano mayor no está para cuidar la casa.