Lascarro22
Maracaibo, 1866. El sol no tiene piedad en estas calles, pero nosotros tampoco la pedimos.
Me llaman Lucero, la "Estrella de la Mañana". Para los señores de levita y las damas que nos desprecian desde sus balcones de hierro, soy un incendio que amenaza su paz. Pero para el pueblo que suda conmigo en la polvareda, soy el rayo que acompaña al trueno. Mi cuerpo no obedece a leyes, solo al ritmo que me dicta el cuero y a la cinta roja que vuela en mi cabello como una bandera de guerra.
Dicen que el chimbángele es pecado, pero no saben que es nuestra única forma de ser libres.
A mi lado, marcando el pulso de la tierra, está Aparicio. Él es el Recio Vasallo, un hombre de hombros de ébano y manos de gigante que hace hablar a la madera. Cuando él golpea su tambor, Maracaibo entera tiembla. No toca para el santo, toca para mí; cada redoble es un juramento de sangre que me dice que, mientras él respire, nadie podrá apagar mi luz.
Pero el orden de los poderosos tiene bayonetas. Don Valeriano y la élite aristocrática han jurado silenciar los tambores y encadenar mi danza. No soportan que el amor de un vasallo y su mujer sea más fuerte que sus leyes de acero.
Esta es nuestra historia. Una epopeya de sudor, música y rebelión bajo el sol de 1866. Porque en esta tierra, cuando el tambor suena y yo empiezo a girar, el mundo entero comprende una sola verdad: que yo soy, por encima de todo, la mujer del recio vasallo.