JuanLeonEsp
Elías Montenegro tenía veintidós años y una manera particular de mirar el mundo, como si siempre estuviera llegando tarde a algo que los demás ya entendieron. No era descuido, era cautela. Había aprendido a caminar con cuidado, a medir las palabras y a esconder las heridas detrás de silencios largos. Su rostro joven contrastaba con una mirada cansada, de esas que no nacen del insomnio sino de las decepciones repetidas.
Creció en un barrio donde la esperanza no desaparecía, pero sí se debilitaba con facilidad. Calles estrechas, casas pegadas unas a otras y una rutina marcada por la lucha diaria. Allí aprendió a soñar, pero también a desconfiar de los sueños. Desde pequeño tuvo una sensibilidad especial, una inclinación natural hacia la música y las palabras que hablaban de Dios. Cantaba sin miedo, con una fe simple, de esas que no cuestionan porque todavía no han sido golpeadas.
Con el tiempo, algo cambió. No hubo un día exacto, ni un evento puntual que pudiera señalar como el inicio de su caída. Fue un proceso lento, casi imperceptible. Decisiones tomadas desde la necesidad, errores que dejaron marcas, promesas que no supo cumplir. Elías comenzó a sentirse fuera de lugar incluso en los espacios donde antes encontraba refugio. La fe seguía allí, pero ya no brillaba; estaba cubierta de dudas, culpa y un cansancio profundo.
Se sentía como aquel hombre del relato bíblico que no podía levantarse por sí mismo, observando desde lejos la mesa donde otros se sentaban a celebrar. No estaba lejos de Dios, pero tampoco cerca. Vivía en ese punto incómodo donde el corazón cree, pero el alma está herida. Sus sueños seguían vivos, aunque encerrados, esperando no ser descubiertos ni juzgados.