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De los retratos que quedan en la Sala de los Canónigos merecen destacarse el del limeño José de Peralta Barnuevo y Rocha y Benavides (1661746), y el del son los más interesantes de todo el conjunto, tanto por su factura americana como por su colorido. El obispo Peralta fue el séptimo de los que rigieron la diócesis porteña; pertenecía a la Orden de Santo Domingo, y había sido superior de la provincia de San Juan Bautista de Predicadores del Perú. Felipe V y Clemente XII lo nombraron en 1738; pero no hizo su entrada en la ciudad sino el 9 de junio de 1741, "vestido con capa magna y bonete clerical, con concurrencia del pueblo y todas las sagradas religiones con sus prelados, y asistencia de toda la clerecía, Cabildo eclesiástico y secular, precedido del señor gobernador" Su gobierno fue corto, y, aunque electo obispo de La Paz, lo que hubiera determinado su alejamiento de Buenos Aires, la muerte le impidió continuar en ésta, y tomar posesión de sus funciones en la otra.