SantiagoAlmiron0
Hay cosas que uno no sabe dónde guardar.
Algunas conversaciones quedan dando vueltas durante años. Algunas personas se van y, aun así, siguen apareciendo en los lugares más inesperados. Hay palabras que no dijimos a tiempo y otras que dijimos demasiado tarde.
Quizás por eso empecé a escribir.
No porque tuviera respuestas.
Tampoco porque supiera exactamente a quién iban dirigidas estas cartas.
Al principio solo necesitaba un lugar donde dejar lo que no podía decir en voz alta.
Así aparecieron.
Una carta después de otra.
Algunas nacieron de una conversación. Otras, de un silencio. Algunas hablan de pérdidas, de enojos, de amistades, de amor. También hay cartas sobre esas pequeñas cosas que, cuando uno es joven, parecen no significar demasiado y con los años terminan ocupando un lugar enorme.
No todas las historias tienen un principio claro.
Ni todos los que aparecen en ellas se quedan hasta el final.
Pero hay algo que las une.
En todas hay alguien intentando entender lo que le pasa.
A veces es un muchacho.
A veces es alguien que ya vivió demasiado.
Y otras veces soy simplemente yo, sentado frente a una hoja, tratando de encontrar las palabras que nunca encontré cuando tuve la oportunidad.
Durante mucho tiempo pensé que escribir era contar lo que uno sabía.
Con el tiempo entendí que también podía ser una forma de preguntar.
Por eso estas cartas no buscan enseñarte nada.
No pretenden decirte cómo vivir, qué creer o hacia dónde mirar.
Solo quieren acompañarte.
Quizás encuentres en ellas una conversación que alguna vez tuviste.
Quizás recuerdes a alguien.
Quizás una de estas cartas te haga pensar en algo que todavía no pudiste decir.
Y quizás, cuando llegues a la última página, entiendas por qué algunas cartas nunca necesitaron una respuesta.
Porque hay cartas que uno escribe para que alguien las lea.
Y hay otras que uno escribe simplemente para no seguir guardándolas.
Estas son de esas.
Bienvenido.